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La Agricultora

Me levanto a las cinco de la mañana, el sol aún no ha salido y una fina llovizna va desapareciendo poco a poco, tomo una taza de cafecito aguado acompañado de yuca. Me pongo mis anchas botas negras de caucho desgastado y tomo el incomparable compañero, el machete; cuando salgo mis alertas perros van conmigo trotando al ritmo de mi paso, al cruzar el puente de tablas desvencijadas sobre el río  hinchado por las lluvias invernales, comienza a clarear.

 

El cultivo de cacao surgiendo verde de la húmeda tierra me espera con anhelo, corto las mazorcas contagiadas de monilla y luego empiezo a realizar la labor de hacer las coronas alrededor de las plantas para colocar el abono orgánico, gracias a mis cuidados hay mazorcas orgullosas, pletóricas, que me avisan de la riqueza de su pulpa perfumada y dulce. Con el viejo sombrero de paja pegado a mi frente por el sudor, esquivo los rayos  inclementes mientras me siento bajo un árbol centenario al medio día para disfrutar de la tonga de arroz, plátano maduro y un sorbo de agua. Apenas puedo ya con mis manos hinchadas y encallecidas resaltando en venas crecidas a fuerza de manejar el machete.

A las cuatro de la tarde, emprendo el camino de regreso mientras una brillante y veloz serpiente equis pasa reptando frente a mí como si mi presencia no le importara estoy tan cansada que no experimento espanto al verla tan de cerca.

Me pesa en mis pensamientos las plagas del cacao, la sequía o el invierno, los precios tan bajos de mi producto los  tan altos de fertilizantes y abonos, el abandono de los agricultores y me abate mi pobreza y desamparo mientras los perros anuncian con el batir de sus colas la alegría de haber llegado a la humilde casa que me espera para liberarme de tanto pensamiento sombrío.

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